
Era el proyecto conjunto en el que comenzaban a trabajar. Ya por entonces Bañez había inaugurado nuestro blog haciendo pública su sensación al ver la ópera prima de Marcos Rodríguez.
Lo primero que sentí al ver la versión fílmica de Los chicos desaparecen fue rareza. Luego, extrañamiento. Aquellas imágenes surgidas de la imposición íntima del acto de escritura ya no estaban. Se habían ido. En su lugar habían aparecido otras. Diferentes, ajenas de una ajenidad sin embargo conocida, escribió Gabriel Bañez luego de presenciar una proyección de la adaptación que Marcos Rodríguez hizo de su novela. Era el corolario de una relación que trascendía lo profesional – ese duelo entre autor y adaptador- y se instalaba en la zona de la confianza.
Cuando Marcos me comentó que quería adaptar la novela de Bañez, ellos ya eran amigos. Habían compartido proyectos culturales e incluso algunos borradores de diálogos que aún permanecen en la película.
A Gabriel Bañez yo también lo conocía de antes, pero el ponernos a hablar de la producción de Los chicos desaparecen empezó a complicar un pasado común que nos ponía a los tres en otros roles, y en donde el capital simbólico es simplemente el capital, y adquiere estatus de cotización, derechos autorales y honorarios. Después de los primeros encuentros, quedaba claro para todos la voluntad de ponernos de acuerdo.
Algo de eso evocó Marcos Rodríguez en Palermo, en la presentación del libro By Posted, una antología del blog Corte y confección, de Gabriel Bañez.

Rodríguez recordó la aparición de Bañez en el Festival de Cine de Tandil, del que se fue antes de tiempo enojado y sin premio. Un poco por ansioso se perdió de compartir con nosotros el Premio del Público del festival.
En la emotiva presentación de By Posted, el clima estaba distendido, posiblemente por la lectura previa de un fragmento de un texto de Bañez. Juan Sasturain, Iván Maidana y Marcos Rodríguez eligieron la evocación. Martín Kohan sin embargo, prefirió bordear lo emotivo y leyó un texto especialmente escrito, en manuscrita, en cuaderno Gloria de tapa blanda e ilustración boquense. El bar de la librería se llama Croque Madame -que resuena a personaje literario pero es el nombre de un sandwich- estaba colmado y la noche pedía cerveza a gritos.


Gabriel Bañez había estudiado cine, pero sólo buscando palabras, aclaraba. Sin embargo escribió en su blog: Con Los chicos desaparecen versión cine me pasó algo infrecuente. Me detuve en las imágenes, perdí de vista la narración para fijar la atención en los encuadres, en esos recortes elegidos por el director. Creo que porque a esas imágenes distintas pero vagamente conocidas quería identificarlas, fijarlas, y hasta en algún sentido apropiármelas o que volvieran a mí. ¿Eran mías esas imágenes?
Anoche confirmé que Bañez quería hacer otras películas. Y alguien me confesó que estaba fascinado con la idea de hacer de su novela histórica un videogame. No llegó a decírmelo con claridad. En la foto está de espaldas, pero por la campera cazadora se descubre que estaba al acecho de circos y de bits.
Gustavo Alonso